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Déjame volar contigo...

—¿Recuerdas —le dije— la vez en que viniste en autoestop conmigo hasta el colegio después de aquella función de teatro? —Lo recuerdo. —¿Recuerdas cómo me preguntaste dónde me gustaría vivir, si en el campo o en la ciudad? —Y tú dijiste… —Yo te dije que quería vivir en el campo, y en la ciudad también. Buddy asintió. —Y tú —continué con una repentina fuerza— reíste y dijiste que yo tenía el perfecto síndrome de una verdadera neurótica, que la pregunta provenía de un cuestionario de la clase de psicología de aquella semana. La sonrisa de Buddy empezó a apagarse. —Bien; tenías razón. Soy una verdadera neurótica. Nunca podría establecerme en el campo ni tampoco en la ciudad. —Podrías vivir entre ambos —sugirió Buddy amablemente—. Entonces podrías ir a la ciudad algunas veces y al campo otras veces. —Y bien, ¿qué tiene eso de neurótico? Buddy no respondió. —¿Y? —le espeté, pensando: «No puedes mimar a esa gente enferma, es lo peor del mundo para ellos, los destrozar...

Nada

Sabía que debía estarle agradecida a la señora Guinea, solo que no podía sentir nada. Si la señora Guinea me hubiera dado un pasaje a Europa, o un viaje alrededor del mundo, no hubiera habido la menor diferencia para mí, porque donde quiera que estuviera sentada —en la cubierta de un barco o en la terraza de un café en París o en Bangkok— estaría sentada bajo la misma campana de cristal, agitándome en mi propio aire viciado. […] Me arrellané en el asiento de felpa gris y cerré los ojos. El aire de la campana de cristal se acolchaba a mi alrededor y yo no podía moverlo. Sylvia Plath, La campana de cristal