En un día como hoy... ella
El pensamiento y la vida son polos opuestos. Por consiguiente ─ya que sentarse en una silla y pensar es precisamente lo que ahora hace Orlando─, solo podemos recitar el almanaque, rezar el rosario, sonarnos las narices, atizar el fuego y mirar por la ventana, hasta que haya concluido. Orlando estaba tan quieta que se hubiera oído la caída de un alfiler. ¡Ojalá hubiera caído un alfiler! Siempre eso hubiera sido alguna vida. O si una mariposa hubiera entrado por la ventana y se hubiera posado en su silla, uno podría escribir sobre eso. O si se hubiera levantado a matar una avispa. Ya podríamos empuñar la pluma y escribir. Ya habría una efusión de sangre, aunque de sangre de avispa. Donde hay sangre hay vida. Y aunque matar una avispa es una bagatela en comparación con matar a un hombre, es, sin embargo, un tema mejor para el novelista o el biógrafo que este mero dejarse vivir, este repensar, este inmovilizarse en una silla día tras día, con un cigarrillo y una hoja de papel, y una pluma...