El triste héroe de nuestro tiempo...
Para la vida de cada día ya estaba Carmina, que, a diferencia de su hermana, era inteligente y buena y, además, me había prometido amor eterno. Pero a los pocos minutos volví a las andadas y me entraron [...] unas ganas inmensas de obedecer la ley de mi deseo y, después de la conferencia, fugarme aquella misma noche con Rosita. Tuve que buscarme nuevos argumentos para frenar la fuerza de aquel deseo desbocado. Me dije que haría bien en pensar con mayor calma las cosas. Me dije que era más prudente no dar aquel paso, pues la vida cotidiana en una casa portuguesa podía arruinar en muy breve tiempo toda la pasión y gran fiebre de amor de la que se alimentaba mi historia con Rosita. Me dije que nada sería más triste que ver cómo de la noche a la mañana se desvanecía mi gran pasión: una pasión que, por muy paradójico que parezca, en realidad se alimentaba de la ausencia del objeto deseado [...]. Ante todo y por encima de todo estaba el amor eterno; me serenó por unos momentos haber tom...