Y un eco en un pasillo oscuro
Por desgracia, los humanos no contamos con una infraestructura neuronal tan sofisticada como la de los murciélagos y las ballenas. Los ciegos tienen que guiarse por la escasa luz de las yemas de los dedos y por la dolorosa forma de una espinilla rota. Su ecocolocación se reduce al tosco cálculo de las simples modulaciones del sonido, ya sea por medio de los golpes sordos de un bastón o del revoloteo grave y extraño de una mera palabra —tal vez dicha por ustedes— arrojada por pasillos vacíos ya muy pasada la medianoche. 62 62 No hace falta que os señale cómo de intensamente personal es este pasaje. Francamente, yo os habría recomendado que os saltarais toda la divagación de los ecos entera si n o fuera por estas seis líneas, sobre todo por la última parte «—tal vez dicha por ustedes...—», que evoca, por lo menos en mí, una de esas reacciones profundas y penetrantes, de esas que casi te dan en el ventrículo: el viejo avanzando —a tientas— por las paredes de una noche más, un avanc...